
Autoría: Alberto Ríos Villacorta, ingeniero eléctrico, especialidad de sistemas y redes eléctricas. Profesor titular de la Universidad Técnica de Ambato (Ecuador)
Nota de los editores: Se ha anunciado que la represa del Chonta podría generar hidroenergía equivalente a 2,76 Mw de potencia y 8323 Mwh/año.
Las presas se definen como estructuras de ingeniería civil que se construyen para la creación de embalses. Estos permiten el control del flujo hídrico, la instalación de equipos para generar energía eléctrica, la gestión de inundaciones, el suministro de agua para consumo humano, riego o uso industrial, así como la realización de actividades recreativas y la creación o repotenciación de sistemas de navegación.
Específicamente, según la International Commission on Large Dams (ICOLD), una gran represa es “una infraestructura con cortina que mide 15 metros o más desde la base hasta la cresta o que, teniendo una cortina de menor altura, tiene gran capacidad de almacenaje de agua”.
No obstante, en las últimas décadas, ha aumentado la preocupación científica por los impactos medioambientales de las represas y sus embalses en las áreas circundantes. Así, las afectaciones en los parámetros y el comportamiento físico y químico de los ríos son muy significativas. Entre otras, destacan la transformación de los ecosistemas naturales, que incluyen la extinción de especies terrestres y acuáticas, inundaciones de bosques con sedimentos ricos en nutrientes, emisiones de gases contaminantes como el dióxido de carbono y el metano, contaminación de sedimentos, sedimentación y erosión.
Cabe destacar que, desde una perspectiva de gestión ambiental, se identifica un interés científico por la calidad del agua, la gestión y la planificación ambientales, así como por los marcos normativos y regulatorios de las represas de las centrales hidroeléctricas, de los relaves mineros o de abastecimiento de agua. Igualmente, se detecta un incremento en el número de investigaciones relacionadas con la seguridad de las represas, la reducción de riesgos de rupturas o colapsos, y la mitigación del impacto medioambiental.
«En las últimas décadas, ha aumentado la preocupación científica por los impactos medioambientales de las represas y sus embalses en las áreas circundantes. Así, las afectaciones en los parámetros y el comportamiento físico y químico de los ríos son muy significativas«
Represas hidroeléctricas en el punto de mira
Muchos estudios definen las grandes represas hidroeléctricas como aquellas con más de 10 MW de potencia instalada para distinguirlas de las represas pequeñas. En el caso peruano, la normativa vigente clasifica como Recursos Energéticos Renovables a las centrales hidroeléctricas que aprovechan el flujo de agua para generar energía limpia con una potencia instalada efectiva de 20 MW. Greenpeace considera que centrales hidroeléctricas con capacidad de generación superior a 30 MW no son sustentables desde el punto de vista medioambiental ni social.
De acuerdo con ello, actualmente, las grandes represas hidroeléctricas se han convertido en los proyectos de aprovechamiento de recursos renovables más controvertidos y criticados. El rango de impactos medioambientales y sociales adversos suele ser notablemente diverso. Estos van desde la destrucción de la biodiversidad de los ríos y espacios inundados y contiguos hasta el desplazamiento de poblaciones vulnerables y la afectación de su modo de vida.
Aunque algunas pueden ocurrir en la fase de construcción de la represa, las afectaciones más importantes suelen producirse durante la fase de operación a largo plazo de las represas y sus embalses. Otros impactos no menos importantes suelen estar asociados a las obras civiles complementarias como infraestructura vial de acceso, líneas de transmisión eléctrica y canteras de extracción de materiales.
Así, por ejemplo, la represa de Brokopondo, con una potencia instalada de 30 MW, en Surinam, inundó aproximadamente 160 mil hectáreas de selva tropical con una gran diversidad de flora y fauna. De igual manera, ha generado graves afectaciones a la calidad del agua y la aparición de malezas acuáticas. Por su parte, los estudios realizados en represas hidroeléctricas de Brasil se han centrado en los efectos hidrológicos del cambio climático, asociado al aumento de las temperaturas globales que intensifica los procesos de evaporación y afecta los patrones de precipitación.
La misma construcción de represas en los ríos implica consecuencias medioambientales graves como la afectación de la dinámica hidrológica natural y de la reproducción biológica del conjunto de organismos que habitan en estas fuentes de agua y en sus zonas aledañas. Igualmente, transforma la distribución de la biodiversidad y supone la interrupción de la dinámica de los servicios ecosistémicos de los sistemas acuáticos. En general, estas infraestructuras interrumpen el régimen de flujo natural del agua.
Se observó, así, una proliferación de especies portadoras de enfermedades como la malaria y la leishmaniasis en la central hidroeléctrica de Belo Monte en el río Xingu, en Brasil. Igualmente, se verificó una grave afectación para las tortugas amazónicas, debido al desequilibrio ambiental causado por la represa. Debe subrayarse que el comportamiento reproductivo de estos reptiles es muy complejo y depende de la estacionalidad del flujo del rio.
De igual modo, la construcción de la represa de Belo Monte coincidió con la ocurrencia de una sequía de El Niño. Ello derivó en una reducción del consumo de pescado en las comunidades ribereñas, lo que desvela un grave impacto ambiental y social causado por el proyecto. La misma represa provocó un éxodo de trabajadores rurales, que prefirieron optar por empleos urbanos. Esto supuso la disminución de la mano de obra agraria. Paradójicamente, en lugar de favorecer la producción local, se originó un incremento de bienes especializados, como carne de res y cacao, afectando el mercado local. El reasentamiento o desplazamiento de personas, necesario para la construcción de la represa, significó una importante merma económica para los afectados, ya que perdieron sus ingresos o tuvieron que cambiar de ocupación.
La construcción de la central hidroeléctrica de Itaipú, en el río Paraná, entre Brasil y Paraguay, generó la pérdida de flora y fauna en la selva atlántica. Durante el proceso, se reubicó aproximadamente a unos 30 mil animales en un área protegida. Sin embargo, la falta de adaptación de estos animales al nuevo entorno provocó la muerte de muchos de ellos. Además, unas 40 mil personas se vieron afectadas durante el proceso de expropiación durante la construcción del embalse de Itaipú.
En definitiva, el levantamiento de represas en los ríos puede generar un grave deterioro de la calidad del agua, debido a la menor oxigenación y dilución de contaminantes en los embalses estancados en comparación con los ríos de flujo rápido; a la inundación de biomasa, especialmente por la aparición de estiércoles y su subsiguiente descomposición; y a la estratificación del embalse, que carece de oxígeno en sus aguas más profundas.
Greenpeace considera que centrales hidroeléctricas con capacidad de generación superior a 30 MW no son sustentables desde el punto de vista medioambiental ni social
Presas y crisis climática
Es conocido desde hace varias décadas que los grandes embalses, especialmente en las zonas tropicales, emiten gases de efecto invernadero. En consecuencia, son una importante fuente de producción de metano, uno de los gases más contaminantes. Al inundar vastos espacios de materia orgánica, hacen que esta se descomponga y genere el mencionado gas.
Los gases de efecto invernadero, como el dióxido de carbono y el metano, se liberan a la atmósfera en los embalses que inundan bosques y suelos, ya sea lentamente, a medida que la materia inorgánica se descompone, o rápidamente, si el bosque se tala y se quema antes del proceso de llenado del embalse. Muchas represas hidroeléctricas crean embalses que inundan relativamente una superficie forestal insignificante u otra biomasa. Comparativamente, las centrales hidroeléctricas generan menos gases de efecto invernadero que las centrales térmicas de carbón o gas natural. Sin embargo, las infraestructuras que inundan extensas áreas forestales de la selva amazónica pueden emitir volúmenes superiores de gases de efecto invernadero que se emitirían en centrales térmicas de gas natural durante muchos años de generación eléctrica comparable.
Es el caso de la represa de Balbina, asociada a la central hidroeléctrica ubicada en el río Uatama, en el Estado de Amazonas de Brasil. Fue construida en los años 80 para el suministro eléctrico de la ciudad de Manaos. Actualmente, es considerada uno de los mayores desastres medioambientales de la Amazonía, debido al inmenso impacto ecológico con relación a la ínfima cantidad de energía eléctrica producida. Además, el embalse inundó 2 mil 360 kilómetros cuadrados de selva tropical virgen, que sumergió millones de árboles, dejando un paisaje de troncos muertos. Creó unas tres mil islas muy pequeñas que no permiten la supervivencia de fauna local. Así, estudios científicos han verificado la extinción de varias especies de peces endémicos adaptados a corrientes rápidas.
Las emisiones de metano en las grandes represas son producto de la descomposición de la materia orgánica de la vegetación y los suelos inundados cuando el embalse inicia su proceso de llenado inicial. Los niveles de emisiones de metano en los embalses varían ampliamente, puesto que dependen de la zona geográfica y del tipo de ecosistemas inundados, así como de la profundidad y la forma del embalse, de las características climatológicas del lugar y del tipo de represa. La putrefacción de la biomasa y suelos inundados permite la formación de CO2. En las profundidades de un embalse tropical se reduce el oxígeno, el metano se oxida y se transforma en CO2 al alcanzar la superficie del embalse. Se concluye que, en embalses con poca profundidad, el metano tiene menos probabilidades de oxidarse, produciendo mayor cantidad de dicho gas.
En este sentido, las emisiones de los embalses deben determinarse individualmente. Durante muchas décadas, han generado emisiones de gases de efecto invernadero, tanto en regiones boreales como tropicales. Las mediciones realizadas desvelan que se generan gases no sólo de la putrefacción de la vegetación y de los suelos inundados, sino también de la descomposición de la materia orgánica arrastrada hacia el embalse.